domingo, 9 de agosto de 2026

Brevi-aviario, 41: La curiosa historia del hombre que hizo un agujero en una ventana para que entrara y saliera su "alcotán" (cernícalo primilla).

 Son tan pocos los datos con los que cuento de esta curiosa historia que podría pensarse que no merece la pena. A mí me parece que a pesar de esta carencia informativa sí es importante dejar constancia de lo que me ha contado un nieto del protagonista.

Rafa Millán Hernández (Villarrubia de los Ojos, 1950) es nieto de Alfredo Millán Ramírez. Alfredo nació a finales del siglo XIX, el año 1896. Comenzó desde muy joven a ganarse la vida. Alfredo trabajó y aprendió el oficio de carretero (de carretero fino, nos puntualiza su nieto) en Alicante. Se instaló en Villarrubia de los Ojos, su pueblo natal, y puso en marcha un negocio propio de carretería. Además, alquilaba carros. 

Había puesto en marcha también una fábrica de somieres en Villarrubia de los Ojos que era la mayor de la provincia de Ciudad Real. Fue pionero en apostar tanto por el teatro como por el cine, el cinematógrafo, que decían en aquellos tiempos, antes de la guerra civil de 1936-1939. Primero fueron proyecciones en la calle y después un cine-teatro- por el que pasaron algunos de los mejores actores , actrices, cantantes y humoristas del momento de España. Era conocido como "el cine Alfredo" o "el cine Millán".

Pero por lo que he decidido escribir unas líneas sobre aquel emprendedor no es por esas actividades profesionales, que merecen igualmente la pena, sino por un rasgo que me llamó mucho la atención cuando me lo contó su nieto, Rafa, hace solo unos días. 

Y es que a Alfredo le debían gustar los alcotanes, es decir, los cernícalos primilla, de nombre científico "Falco naumanni". Estos, los cernícalos primilla, son pequeñas aves rapaces migratorias. Vienen cuando empieza el buen tiempo, crían generalmente en los tejados más altos del pueblo, y cuando han terminado la reproducción regresan a África. Usaré el nombre vernáculo usado en Villarrubia de los Ojos, "alcotán". 

Fue muy frecuente que los vecinos, fundamentalmente los chicos, cogieran (o cogiéramos) los pollos de alcotán que se caían de los nidos y los criáramos en casa. Empezaba así un proceso de busca y captura de posibles presas, como saltamontes ("langostas" en Villarrubia de los Ojos) y de suministrarles lo que se creía que podría venirles bien. Rafa nos cuenta que en el caso de su abuelo lo tenía fácil porque vivía casi enfrente del matadero municipal. Allí le daba "tiras" es decir, tripas, con las que alimentaba a su volantón alcotancillo. No eran demasiado difíciles de criar y conozco algunos casos exitosos y de feliz memoria para sus protagonistas, uno de ellos en Piedrabuena, Ciudad Real.

En el caso de Alfredo, tan bien iba el proceso, que su alcotán ya volaba libremente y volvía a su casa, sita en el Callejón de Palacio, que daba a la antigua Casa Palacio de los Duques de Híjar y a la Glorieta del Pato, a la espalda de la iglesia. 

Para facilitar sus idas y venidas, sin que fuera necesaria su intervención, Alfredo hizo un agujero en una ventana. Era redondo del grosor de un puño, aproximadamente. Así, su alcotán podía salir y entrar a su antojo. Era una adaptación ingeniosa que nos recuerda a las gateras de aquellos tiempos. 

No pasó mucho tiempo cuando un vecino observó un posadero del alcotán, un alambre que cruzaba la calle. Y allí lo mató, sin respetar normas cinegéticas ni que se tratara de una especie de animal de compañía a la que por cierto, le debía faltar muy poco para iniciar su primer viaje migratorio.

Alfredo y su familia sintieron lo ocurrido. Fue  un verdadero disgusto y la historia quedó en la memoria de sus miembros. Demuestra aquel pequeño suceso que Alfredo, como otras personas del vecindario, sí tenían una sensibilidad especial o diferente  hacia las aves. El agujero en la ventana lo mantuvo abierto muchos años, tantos como para que su nieto, que nación en 1950, lo conociera durante su infancia y juventud.

Alfredo murió en 1973, a los setenta y siete años de edad, dejando tras de sí aquel cine y teatro que todavía proporcionaría muchos momentos de divertimento y felicidad a chicos y grandes durante bastantes años, ya en manos de sus hijos y nietos. 

Gracias a su nieto Rafa Millán he tenido noticia de esta hermosa historia, aunque no tuviera un final feliz. Rafa me cuenta también sus observaciones de los vencejos que vuelan sobre su casa y su calle. Me describe sus idas y venidas, sus vuelos en picado, y ya, hace unos días, el último que los vió, el 22 de julio. Muchas gracias, Rafa, por estos relatos tan interesantes.





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