La amapola blanca, también conocida como adormidera y amapola real, de nombre científico "Papaver somniferum" tiene una larga historia de relación con el ser humano. Aunque se han encontrado restos de la planta en viviendas tipo palafito del hombre de Cromañón, con una antigüedad de entre veinte mil y treinta mil años no se puede afirmar categoricamente que en ya hubiese relación directa con ellas. Sí parece que hace unos siete mil quinientos años se usaba la adormidera en diferentes países y culturas.
Desde luego la Historia es muy rica y hay testimonios egipcios y griegos, además de los procedentes de otras culturas. Sabemos, por ejemplo, la intensa y tensa relación de China con esta planta, que llegó a generar guerras internacionales.
Desde luego se trata de una de las plantas más importantes de la Historia de la Humanidad, en general y del ámbito de la Medicina y la Farmacia, en particular.
Hasta prácticamente el siglo XX su uso fue libre, pero todo cambió con una Convención Internacional en 1912. De alguna manera viene este hecho a demostrar esa trascendencia de una especie de amapola.
Centrándonos en Ciudad Real y Toledo podemos decir que su uso farmacéutico se remonta a varios siglos. De Navalcán, un pueblo toledano, hay noticias e incluso un libro, sobre su fructífero cultivo en la segunda mitad del siglo XIX. Aquella iniciativa suscitaba en diferentes ámbitos, elogios de todo tipo, consiguiendo incluso premios oficiales el propietario y autor de aquel trabajo.
De algunos municipios manchegos sabemos que se cultivaba en patios y corrales desde hace muchos decenios.
En cuanto a su presencia en los portales de citas de especies de seres vivos como la ya inactiva "Biodiversidad Virtual" y "Observation" aparece una primera cita de la provincia de Madrid de 2007 y una segunda de 2008 en Pulgar, Toledo. Esta última es mía, por cierto.
No fue citada en el catálogo botánico del Parque Natural de Cabañeros de Vaquero de la Cruz de 1995, por cierto.
Hablando de Ciudad Real, la primera mención es de 2013. La aportó Ramón Turrillo Fernández, en una cuneta en la Atalaya, en el mes de mayo.
Después, en 2019 y 2020 fue Francisco Hidalgo el que la fotografió en Corral de Calatrava. Y en 2021 la cité yo también, produciéndose ya esa dispersión tan llamativa. Y es que cada año vemos como se va expandiendo, prácticamente siempre, siguiendo las carreteras y caminos.