viernes, 10 de julio de 2020

Donde la realidad te lleva, 2. Vallando el campo, que es lo contrario de lo que quieres y te gusta.

Como decía, las circunstancias nos van marcando en muchas ocasiones el camino, mal que nos pese. Así, vallar el campo, es decir, vallar fincas agrarias o viviendas es una opción que nunca había contemplado. De alguna manera, va contra mis ideales, mis principios, mis valores y mis gustos. Ya bien cumplido el medio siglo de edad no tuve más remedio que recurrir a este sistema de protección de la propiedad privada. La causa, el creciente vandalismo, los continuos robos, las intrusiones de un ganadero cercano y la incomprensible inactividad de las diferentes administraciones públicas. Ni el guarda del campo del ayuntamiento de Villarrubia de los Ojos, ni la guardia civil, ni la policía municipal, ni los agentes ambientales ni la policía hidráulica, nadie, nunca, vio nada ni denunciaron a nadie. Un guardia civil, en una ocasión, me dijo, que tenían que vigilar los chalés y que estas quinterías no eran objetivo de protección. Lo curioso, lo sorprendente, lo increíble, es que en cuarenta años al único que denunciaron fue a mí, y a mi madre (qepd). 

Veamos algunos hitos que nos pueden aclarar de lo que hablo. Hace años una finca mía sufrió un ataque en el campo, en el que arrancaron una parra centenaria, varias puertas y ventanas, las introdujeron dentro de mi cocina y, con leña, sarmientos y gasolina, les prendieron fuego. Pasados unos años decidí restaurar esas habitaciones.
El guarda del campo llevó al aparejador y me pidieron el permiso de obras. Yo no podía imaginar, en esos años, que fuera necesario. Presenté un escrito narrando lo ocurrido y solicité que el ayuntamiento me eximiera de los gastos de dicha licencia. Hablé con la concejala, dado que el alcalde no estaba en esos días. No obtuve respuesta y tuve que pagar un impuesto -permiso de obras-por reconstruir un tejado que me habían destruido en un incendio provocado por unos delincuentes. Era curioso que unas habitaciones a cinco kilómetros de distancia del casco urbano, sin luz eléctrica, ni agua corriente, ni alcantarillado, ni alumbrado público, en un camino, sin protección alguna...tuviera que pagar. Pero pagué. 
No he dicho todavía que mi idea, mi empeño, mi ilusión, es mantener esta finca en pie, por sus valores patrimoniales, por su historia, por su tipología constructiva y cultural, por su riqueza natural y etnográfica. 

Alguien me dijo que, puesto que lo que estaba haciendo, año tras año, era simple y llanamente, conservarla, podía pedir una subvención. Además, está a escasos mil metros de un parque nacional, el de las Tablas de Daimiel. Me informé pero no tenía derecho. Una condición insalvable me separaba de las ayudas económicas. Yo no resido en este municipio.¡Gravísimo!

Por si fuera poco, tuve que soportar estoicamente como, gracias a una burda mentira trasmitida por un amigo a otro amigo, y a otras tantas personas, me acusaron públicamente en un foro de internet de quemar un colchón a unos pobres inmigrantes. El contexto era, ni más ni menos, que mi defensa, con nombre y apellidos, de otra casa muy antigua e interesante, la casa de don Bernardo, de Villarrubia de los Ojos, que finalmente cayó bajo la excavadora, aunque las autoridades decidieron ese mismo día su protección, en la Comisión Provincial de Patrimonio.

El anonimato es lo que tiene. Pero, por si fuera poco, otro amigo, poeta, escribió un cuento (¿cuento o engendro, me atrevo a preguntar?) en un libro, trasmitiendo esa mentira, supuestamente redimiéndome.¿Tan poco me conoce como para pensar que soy capaz de quemar unos colchones a unos inmigrantes?
Pero el tiempo parece depararnos sorpresas, empequeñeciendo nuestros sustos, nuestras heridas, nuestros dolores pasados.

Siguieron los robos, el expolio, la destrucción. Una persona me dijo que incluso algunos amigos se habían llevado puertas de allí. Un ganadero, a pesar de habérselo advertido, seguía metiendo su rebaño, causando daños. Llega un nuevo propietario y pretende eliminar la mitad de los espacios comunes. Me amenaza con hundirme mi casa. Comienza a echar herbicida, inocuo según él. Concretamente, glifosato, ¡buenísimo! me dice, se podría comer allí mismo, en el suelo, sin problema.

Y te ves en la tesitura de seguir así, semana tras semana, con la nula respuesta de las administraciones ante tantos problemas y delitos, o de vallar.

Surgirán nuevos problemas y nos volverán a denunciar, por haber vallado nuestra tierra, supuestamente, usurpada, según un funcionario que no sabe lo que dice ni conoce el espacio concreto. Te dice una persona, en su despacho, con muy pocas palabras y nada de respeto, que te has quedado con tierra que no es tuya. Le explico que eso no es cierto, que no hemos vallado ni un centímetro que no sea nuestro...Pero la administración gana y, además de multarnos, de humillarnos e insultarnos, nos obligan a retranquearnos. Por si acaso, en el proceso administrativo utilizan legislación del golpe de Estado del 23 F.

Pero los problemas siguen. En una parcela cercana un vecino se empeña en quitarnos una parte de la tierra...Y vuelta al cuartel de la guardia civil, al cuerpo de guardia de la policía municipal, al juzgado de paz, al juzgado de instrucción, al ayuntamiento...Cinco años de denuncias, de comparecencias, de juicios, de peritajes, de discusiones, de faltas de respeto, de mentiras, de usurpación, de daños.
Y otra vez al escenario del intento de usurpación, a pesar de contar con una sentencia meridianamente clara en la que se dice que no ha lugar a deslindar porque ambas fincas están claras.

Y así estamos, de papeleos, de trámites, de repetir hasta la saciedad lo evidente, para conseguir algo tan elemental como la propiedad privada, en un país como España. El vecino me dice que si me creo que las cosas son para siempre. Le digo que sí, que esa es una de las características de la propiedad privada. Le repito que el triángulo tiene tres lados, y él quiere truncarlo, quedándose en un rectángulo, de menores dimensiones, claro. Me pide que demuestre la propiedad, que arranque yo mis árboles y algunas barbaridades por el estilo. Me dice mentiras, y las reconoce. Y me advierte de que esa tierra será suya, y que yo no podré vallar.

Y me veo, con más de medio siglo de vida, deseando poder instalar una valla que proteja una pequeña finca de unos mil metros cuadrados, en los que hay unos árboles, una reguera, una senda y un sendón, servidumbres de paso de todos los propietarios de esta curiosa e interesantísima finca.

Aquí paso muchas horas, disfrutando del vuelo de la golondrina dáurica, de las llamadas de las gangas, de la presencia de tantas y tantas especies de invertebrados, de su curioso sistema de regadío de huertas y tajones. Aquí empleo mi esfuerzo, segando pajitos, repellando un esconchón, colocando una piedra o una teja. Aquí sueño con poder venir a pasar buenos ratos con mi familia y amistades, con poder compartir este espacio con quienes quieran conocerla.


Parra centenaria que fue arrancada y quemada en el interior de mi vivienda. Fotografía de Cano, recortada y eliminada la figura de la persona que me dejó la imagen.

 Estado del tejado de mis habitaciones, tras el incendio y el paso del tiempo.
 Rejas de hierro cortadas con sierra de metal o radial para perpetrar el robo de todo lo que había en el interior.
 Jalbegando los muretes de la entrada, como cada año.


Pilillo que recogía las aguas de las fuentes de esta finca, para dirigirla a los albercones.

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