lunes, 20 de julio de 2026

Unos cuantos argentinos que se hacen pasar por deportistas no pueden oscurecer ni enturbiar las relaciones entre dos pueblos hermanados por siglos de Historia.

 Tengo muy poco que decir sobre lo ocurrido en la final de ayer en Nueva York. No me gusta el fútbol. En realidad mi relación se adentra en la valoración negativa de esta actividad que tantas pasiones, dinero e hilos mueve. No he visto ni un minuto de los partidos del campeonato mundial de fútbol de 2026. Un amigo y mi familia me han hablado y enseñado algunos nombres de jugadores, de un entrenador y aportado datos del desarrollo de este evento mundial.

Ayer por la noche viví esas horas desde mi cama, escuchando cohetes, gritos y silencios que se me hacían inexplicables, y la alegría inagotable de mi nieta y la de mi esposa. Ya esta mañana, muy temprano, a las cinco y media, me desperté con cánticos de alegría por la victoria futbolística. Un rato más tarde un camarero me ha aportado su personal y detallada crónica. Después, de vuelta en casa, con mi mujer y la televisión me he ido enterando e indignando de los vergonzosos actos del equipo de Argentina. Tengo claro que unos impresentables, agresivos, violentos y maleducados jugadores de fútbol no pueden empañar ni oscurecer ni enturbiar las relaciones entre dos pueblos unidos por lazos de sangre, historia, cultura, idioma y solidaridad desde hace siglos.

El deporte, por definición es, o debería ser, otra cosa. Para mi, cuarenta y siete millones de personas no fueron representados por unos enrabietados jugadores que hasta dieron la espalda a los vencedores de esa competición de-por-ti-va. Por cierto, incluso Messi, a quién admiraba desde mi tremendo distanciamiento de su actividad, me decepcionó. Lo siento, gracias a Dios, no me gusta el fútbol.

 Enhorabuena al equipo español y a todas las personas que aman este deporte desde la limpieza y el cumplimiento de las normas, que es lo que dice el diccionario de la Real Academia Española, compartido por Argentina lingüísticamente hablando. 

Me viene a la memoria una mujer extraordinaria que tuve la suerte de conocer en Londres en 1986. Se llama Nelly y llevaba muchos años allí. Fue quizás la persona que más me ayudó en mi dura experiencia de emigrante en Inglaterra, junto a mis queridas amigas españolas Pili e Isabel, a Pepe, de Jaén y Luisa, de Italia e íntima amiga de Nelly. En ella pienso y en otras personas que conozco y aprecio, y en en esos lazos de los que hablaba, lejos de la violencia y las faltas de respeto incluso a su país, su gente y su bandera. ¡Viva España y viva Argentina!

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