jueves, 28 de enero de 2021

Mi cuaderno del coronavirus, 16. Sigue la devastación, en todos los sentidos.

 Van pasando los días. La llamada tercera ola nos va alcanzando, sin piedad. Se estrecha el círculo. Muere un amigo, te enteras de algún conocido ingresado y muy grave, en tu trabajo ya se van dando casos de positivos, de contactos, de confinados, de contagios...Los bares siguen cerrados. En algunos pueblos, como Villarrubia de los Ojos, los empresarios de los bares se estuvieron manifestando y se hicieron carteles de protesta. No sabemos las razones por las que se tomaron determinadas medidas. Parece evidente que están pagando justos por pecadores. ¿Qué porcentaje de contagios se han producido en estos establecimientos?

Ayer, al llegar a un centro comercial, me dí cuenta de que había "palés" de madera ocupando algunas plazas de aparcamiento. Un cartel avisaba de que el aforo estaba reducido al 30%. Una parte de ese espacio estaba completamente cerrada. Parece ser que habían recibido la llamada ese mismo día, imponiendo la medida las autoridades. 

Hoy he visto el primer control policial en Ciudad Real. Policias municipales y nacionales retenían a algunos vehículos. Uno de los agentes portaba un arma larga. Los bares siguen cerrados y los casos siguen aumentando. Me cuentan que en Alcolea de Calatrava la situación está totalmente descontrolada y que el número de contagios es abrumador. Mientras que se dice que las "uvis" están al 40% me entero de que, dónde antes había una, ahora hay cuatro, completamente llenas...es decir, al 200%, cosa de poco. Y es que, mientras el virus y el miedo avanzan, la verdad, la objetividad y la información retroceden. Los rastreadores siguen brillando por su ausencia en escenarios en los que los verdaderos protagonistas son las personas que, voluntaria y cautamente, se autoconfinan, e incluso se hacen las pruebas, "motu propio" y pagándolas.

Las vacunas que antes se decían que se iban a regalar a otros países ahora no llegan al ritmo esperado. Cuando se atacaba a los que no se querían vacunar no se tuvo en cuenta esta situación tan peculiar en la que se acusa a muchas personas por el grave delito de haberse dejado convencer para ser vacunados y que no se desperdiciaran dosis. Se han producido críticas furibundas y hasta habichuelescas, y se han generado situaciones conflictivas, con dimisiones, investigaciones, descalificaciones y acusaciones. Creo que a todas las personas nos ha pillado esta nueva situación por sorpresa. Ahora, los que no nos queremos vacunar, o, dicho de otra manera, cedemos nuestras dosis a otros, ¿cómo somos?

Pero parece que las complicaciones siguen su curso. A la llamada cepa inglesa se une la sudafricana. Mientras, países como Alemania, aparecen en el centro de la diana de la enfermedad, de la muerte y de las cifras diarias de víctimas, centenarias. Atrás quedan escritos, grabados o recordados aquellos mensajes que nos hablaban en tono despectivo, y los que argumentaban causas que no parecen sostenerse hoy. Y por cierto, se siguen viendo saltos un tanto canguriles, en cuanto a las pruebas, que nunca son noticia ni motivo de polémica mediática o política. No pasa nada,  lo tenemos asumido.

Y, siguen, a su ritmo, los llamados negacionistas y los incumplidores compulsivos, como si nada estuviera pasando.

El toque de queda sigue. Las mascarillas se han hecho tan familiares que ya nos llama la atención ver la cara de alguien. Veo mascarillas por el suelo, como leve huella de lo que está pasando. Falta poco para que se cumpla un año del confinamiento de marzo de 2020. La moral y el ánimo de cientos de miles de personas también está por el suelo, como tantas y tantas economías familiares. Escucho una frase desgarradora: "mis padres no tienen dinero para comprarme una goma, sólo para comprar comida". Y es que el suelo se está cubriendo no sólo de mascarillas usadas.







No hay comentarios:

Publicar un comentario